Feb
22
Devoradores de madres
Febrero 22, 2009 |
-Yo decir tú. Ellos devorar todo -me explicó el zángano. Al fin desnudo del todo, y me mostraba orgulloso el delgado y afiladísimo aguijón córneo. Éste, de carácter retráctil, asomaba en su entrepierna allí donde en un hombre normal debiera estar el pene-. Cuando ellos acabar con mamá venir por mí y por mis hermanos.Debió leer el pavor en mi rostro porque prosiguió con un tono más dulce:
-Pero tú tranquila, vosotras estar a salvo.
-A salvo -murmuré desesperada. La seguridad parecía algo inaudito, viendo a aquellas criaturas mitad humanas, mitad… mitad ¿qué? ¿Avispas? Por fortuna para ella Marta aún seguía inconsciente en mis brazos. Contemplar el horror oculto bajo la gran choza que presidía la aldea la había llevado al colapso. Bendito desmayo. Yo no había disfrutado de esa suerte.
La criatura que me hablaba se había descrito como algo semejante a un ‘zángano’ de una colonia de abejas, un macho reproductor. Durante días había realizado las funciones de guía indígena, el único contratado para la expedición. La expedición. Ya carecía de sentido: todo había cambiado, todo estaba perdido. Sólo quedábamos vivas Marta y yo, los demás asesinados por el propio guía y sus hermanos. Y ahora él, el asesino, hablaba con calma pasmosa de propia su muerte, la suya y la del resto de hombres de su aldea. ¿Nos habían secuestrado sólo para verles morir devorados? No lo comprendía. Matan a cinco hombres, secuestran a dos mujeres, las obligan a atravesar la selva durante kilómetros, las empujan ladera arriba hasta la parte superior de un tepuy, hasta su corazón perdido en las brumas. Todo eso ¿para qué?
En el centro de la enorme choza siguió la carnicería Los seres salían de los capullos, tanteaban medio ciegos el nuevo mundo y, en cuanto sentían el contacto con el vientre empezaban a morder. Todo ello en silencio. Sólo los sonidos de desgarro, succión, masticación y deglución.
Observé a mis secuestradores. Cuando estaban vestidos parecían perfectamente humanos. Pero ahora que están todos ellos desnudos esa ilusión se había desvanecido: a todos les faltaba el pene, poseyendo en su lugar ese extraño aguijón retráctil. Zánganos. Todos ellos. Conté una veintena larga. Nos rodeaban a Marta y a mí, como si nos protegieran. ¿Pero protegernos de qué? Si no debía temer a esa marabunta, entonces ¿a qué?
Las criaturas seguían comiendo. Su número bien podría superar el millar, aunque apenas una hora atrás no había ninguno: sólo huevos. Una hora antes estaban colocados primorosamente en torno al vientre hinchado de su madre. De repente, y ante el regocijo de los zánganos, los huevos se abrieron casi al unísono descubriendo unos seres de tamaño y forma similar a un bebé de mono. Los retoños, de piel casi albina y sin un sólo pelo, se retorcían presas del hambre. Un hambre que saciaban desgarrando el abdomen de su madre, aún viva.
-Sí, tranquila. Nada preocupar, niña. Ahora tú mirar la reina, más allá del abdomen, arriba. ¿Poder ver el cuerpecillo en el extremo?
Forcé la vista y lo vi. Allí estaban, dos pequeños y raquíticos brazos surgiendo de la masa deforme del vientre hipertrofiado. Un poco más allá, una cabeza, ridículamente pequeña en comparación con la enormidad del abdomen. Por fortuna no podía apreciar sus rasgos ni su mirada, pero la manera en que convulsionaba no ayudó a tranquilizarme. No pude distinguir por ningún sitio restos de piernas.
-Antes humana, tanto como tú.
Aquella aclaración me golpeó de tal manera que a punto estuve de desmayarme. Pero logré recomponerme y seguir escuchando al supuesto guía:
-Ahora tú comprender: ella cambiar, hacerse reina poderosa, madre fecunda. Ya cumplir su labor final. Hace años realizar primera puesta, nosotros. Nosotros cuidarla, alimentarla. Mientras tanto ella incubar y madurar en su interior la segunda camada. Terminar eso la semana pasada. Estos siete días realizar la puesta. Todos nosotros ansiosos en conocer al fin a nuestros hermanos. Alegres al comprobar su energía, su hambre. Nuestra misión, la de mamá también, ya terminada; ahora ser tiempo de los niños -desvió una mirada no exenta de ternura hacia las pequeñas criaturas-. Ellos estar listos en pocas horas. Ellos ser tu ejército, tus ayudantes, tus guardianes hasta que tú encontrar sitio nueva colonia -aquella mención a mi persona en relación con esas abominaciones me puso los pelos de punta. Seguía sin comprender, pero un terror indefinido empezó a clavarse en lo más hondo de mi corazón-. Tú dar prisa. Luego ellos morir y alimentar otra primera puesta. Amiga de tú ocurrir lo mismo, pero no tener que viajar: éste su sitio.
Yo no acababa de entender a qué se refería. Tampoco deseaba saberlo, la verdad. Sólo quería que alguien nos rescatara, que nos sacara de esta pesadilla. Regresar a mi casa con mi gato y mi tesis, mis estudios. El zángano seguía con su discurso ajeno a mi horror.
-Mirar madre. Grande, hermosa, fértil. Quizá tú preguntar cómo cambiar. Yo explicar. Sí, sí, yo explicar. Yo mostrar.
Pero yo no quería ni sabe, ni ver, ni conocer. Nada de nada. Sólo salir de ahí. Si trataba de escapar ¿qué la pasaría a Marta? ¿Me atrevería a dejarla aquí sola?
Él se acariciaba el aguijón. Sus ojos resplandecían llenos de excitación.
-Yo hacer amiga tú reina.
Dios mío.
-¿Cómo? Picotazo de zángano-explicó; sentí que el pavor me desgarraba-. Zángano como yo. Yo mejor cazador, mejor alimentador, mejor embaucador: yo traeros aquí. Yo ganar. Mis hermanos saberlo, premiar yo. Yo elegido. Yo fecundar amiga tú -su mano derecha recorría al aguijón desde la base a la punta, de igual manera que se masturbaría un hombre. Unas gotas de líquido amarillento y denso manaron de la punta.
Debía escapar. Marta seguía inconsciente, y seguramente no despertarían en bastante tiempo. Y dado que ellos ya tenían un destino para ella… Mejor ella que yo.
-Yo también fecundar tú.
Diosmíodiosmíodiosmíodiosmío.
Salté hacia delante. Esperaba que lo inesperado de mi reacción les tomara por sorpresa y así poder romper el cerco. Vano intento: cerraron filas como si me hubiera movido a cámara lenta. No había escapatoria. Volví a sentarme en el suelo. Ni me molesté en mirar a Marta.
-No. Tú no huir. Llorar. Llorar si tú querer, pero no huir. Tú tranquila: no doler. No mucho. Pero no huir antes yo fecundar. Yo avisar por tu bien. Si salir círculo sin aroma-madre tú enfrentar hermanos pequeños: ellos domina hambre. Ellos ciegos, sólo pensar en comer, calmar hambre. Ellos no distinguir carne madre de carne tú.
Como si no hiciera falta decir más se acuclilló sobre Marta, hundiendo el aguijón en su bajo vientre. En el rostro del zángano se dibujó una repentina mezcla de placer y dolor mientras bombeaba. Al cabo de apenas un segundo extrajo el aguijón. La base pulsaba rítmicamente. El guía miró con ojos febriles el cuerpo de Marta, la pequeña marca que había dejado la incisión; parecía preso de una mezcla de nerviosismo, fascinación y ansiedad. Mientras él seguía observando a mi compañera el aguijón, como poseído de voluntad propia, se giró hacia mí para apuntarme.
Grité. Chillé, aullé, pataleé. Propiné bofetadas, puñetazos. Me retorcí tratando de escapar, pero una decena de manos me sometieron. Hice todo esto inútilmente; sólo me hubiera valido algo, desmayarme al igual que Marta, no ser testigo de cómo se acercaba ese monstruo disfrazado de guía, cómo su aguijón penetraba mi carne, cómo…
La sustancia fluyó con rapidez por mi torrente sanguíneo. Calor. Un par de latidos y ya estaba a en mi cerebro. Dolor. Empecé a notar el cambió, mutación, posesión… No sabía cómo llamarlo, pero aquello me abrió las puertas a una nueva realidad, a una existencia que le daba un nuevo significado a la palabra maternidad.
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