Ago
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Carne de refranero
Agosto 31, 2008 |
El señor J. Bueno, amante de los refranes, se casó con la señora M. Buena, que también adoraba los proverbios. Como eran dos, y no hay dos sin tres, decidieron tener un hijo. A los nueve meses nació Bonifacio Bueno Buena, una delicia de niño, un querubín de hermosura tal que todo el personal del hospital nada más nacer ya le adoraba.
-¡Qué bello! ¡Qué bueno! ¡Qué delicia de niño! -exclamaban todos henchidos de alegría.
Cuando, tras realizar todas las comprobaciones y chequeos, subieron el niño al cuarto y se lo entregaron a sus padres, los médicos dijeron:
-Este niño no es simplemente bueno: se trata de un ejemplar perfecto.
Mamá Buena y papá Bueno se miraron y asintieron llenos de pesar. El temor que desde hace meses les atenazaba el corazón se había convertido ahora en terrible y fatal realidad. Papá Bueno se puso en pie, se acercó a su hijo y murmuró con tristeza:
-Lo bueno, si breve, dos veces bueno.
Y sin mediar palabra extrajo de su chaqueta un cuchillo con el que atravesó el pecho de su recién nacido hijo. El bebé apenas profirió un sorprendido y encantador borboteo antes de morir. El señor Bueno, tras su acción, pareció perder las fuerzas y se dejó caer en la cama, junto a su mujer. Ésta, que había contemplado todo con impresionante silencio, acarició la mano de su marido y dedicándole una mirada extraña (quizá transida de dolor, quizá perdida por la locura, quizá buscando algo de esperanza tras el crimen de su esposo) musitó:
-No hay mal que por bien no venga.
-Ni mal que cien años dure -le contestó él sonriendo, quien sabe si adivinando lo que se le avecinaba.
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Ay que relato más buenoooo!!!!.