La diosa no debe estar sola

Julio 21, 2008 |

-¡La diosa no debe estar sola! -así sonaba el clamor de la multitud. Todas esas gentes habían acudido a Nejeb para celebrar el festival. Las menos, procedentes de la cercana Nejem, sólo habían cruzado el río; la inmensa mayoría estaba aquí tras realizar un viaje largo y duro a lo largo del río, un trayecto que bien podía durar varios días. Una vez reunidos aquí, a las puertas del templo, vitoreaban y ensalzaban a la diosa, deseándola una felicidad y poder que, y así lo esperaban, en último término recaería sobre ellos en forma de bendiciones.

El ímpetu y euforia de la gente era tal que incluso desde nuestra posición, al fondo del templo, tras el altar, podíamos sentir la energía del cántico. Ni que decir tiene que, al igual que otros años, yo deseaba unirme a ellos y cantar, saltar, bailar y elogiar a nuestra señora. Pero no este año; al contrario, debía mantenerme ajeno, hacer oídos sordos a lo que sucedía en el exterior y centrarme en la misión. Alcé la mirada del cuenco de leche especiada y encontré los ojos de Narmer, el sumo sacerdote. Con un gesto tranquilizador me invitó a terminar el brebaje.

-No te preocupes. Ya sabes que todos los años sucede lo mismo -su voz poseía una calidez cercana al cariño, muy lejos del tono sobrio de sus discursos-. La diferencia estriba en que este año tú estas aquí, y no allí fuera.

Asentí y tomé aire tratando de calmarme. Bebí el líquido: su sabor, entre dulce y agrio, llenó mi boca con su fuerte carga de especias. El simple hecho de poder beber la leche de la diosa ya significaba un privilegio. Más aún en una noche como ésta, la suya. El participar en este ritual tan reservado (sólo estábamos en el templo el sumo sacerdote, dos acólitos y yo) significaba tocar la gloria. El brebaje descendió por mi cuello, incendiándolo con su fuego divino. Ardía, dolía, pero en el fondo dejaba un regusto dulce que invitaba a beberlo hasta la última gota, tal y como hice. Deposité el cuenco vacío sobre el ara, junto a la tea y la pequeña caja dorada que Narmer había colocado allí.

-Puede que dentro de un rato sientas nauseas -explicó sonriendo-. No te preocupes: procura no vomitar, que el malestar cederá. Tras ello empezarás a sentir el verdadero poder de la leche de nuestra señora, y eso te preparará definitivamente para tu misión.

La misión. Esa bendita tarea para la que me habían elegido: presentarme ante nuestra señora y acompañarla, velarla en ésta su noche sagrada. Sonreí exultante, pero Narmer no me prestaba atención. Se había agachado sobre un baúl colocado en la parte posterior del altar. Sus paredes eran doradas salpicadas de incrustaciones de ópalo blanco, y bien hubiera jurado que no se trataba de simple pan de oro, sino de macizo y pesado metal. Los bajorrelieves que la adornaban representaban a la diosa buitre en diversas posturas y situaciones. El sacerdote abrió la tapa y extrajo de su interior un tarro de granito cuya tapadera poesía forma de pájaro con cabeza humana: el ba. Al destaparlo emanó de su interior una intensa fragancia. Se trataba del óleo especiado usado para ungir al consorte de la diosa. Sin portar en su piel dicho aceite nadie podía optar a formar parte de su sagrado séquito.

Este año se me había elegido a mí para tal honor.

Narmer me despojó de la faldilla, la única ropa que vestía, y procedió a ungirme con movimientos lentos y firmes. El sacerdote masajeaba con experiencia. Sus manos acariciaron mi cuero cabelludo apropiadamente rasurado; prosiguió con mi cuello, donde sus dedos encontraron músculos anudados por la tensión, músculos que relajó tras unos pocos pases de sus dedos. Del cuello descendió al torso, espalda y brazos, dejándolos resplandecientes y maravillosamente perfumados. Continuó con el bajo vientre. A la hora de masajear mi pene y mis testículos su trato se volvía en extremo delicado y respetuoso, más caricia que masaje. Las manos actuaban con suma delicadeza, pero con más insistencia que en el resto del cuerpo: repasó la zona como deseando aplicar una capa extra de grasa. De ahí pasó a las piernas y los pies, con los que la ceremonia concluyó.

El aceite empezó a actuar: relajante y cálido en las manos del sacerdote, ayudó a que mis preocupaciones y miedos se alejaran.

Narmer guardó el tarro de nuevo en el baúl, del que sacó un pectoral y dos pulseras. El pectoral destacaba por su magnífica realización, y a la luz de las antorchas relució como el propio sol el oro de sus planchas. Éstas, labradas con escenas de la diosa y ribeteadas de fórmulas de poder, estaban unidas entre sí con engarces de ópalo blanco. El oro primaba en la mitad superior del pectoral, mientras que la inferior se trataba de una especie de cortina de flecos sueltos, con el blanco y el dorado alternándose. Las pulseras constaban de eslabones de ópalo blanco, decorados con filigranas doradas. Tras mostrarme las joyas por un instante, Narmer proseguía con el ritual:

-Para presentarse ante la diosa el elegido debe portar sus sagrados atributos.

-Y acudir con el corazón alegre, resplandeciente como el propio padre sol -contesté yo.

Agaché la cabeza y dejé que el sacerdote me colocara el pectoral. Me llegaba hasta más debajo de la cintura, apenas cubriéndome el sexo, y su peso me obligó a encorvarme. Me enderecé tratando de aparentar que no me pesaba. El gesto arrancó una sonrisa al sacerdote, satisfecho por mi hombría. Presto, extendí los brazos. Narmer, en silencio y con calculada parsimonia, me colocó las pulseras.

-Ya estás listo -dijo Narmer. El masaje proseguía con su efecto calmante: me notaba adormecido, casi blando. Pero al tiempo sentía como se empezaba a incendiar algo en lo más profundo de mi ser.

-Estoy listo para acompañar a la diosa, mi señor.

-La diosa te espera, hijo. Complácela y ella se apiadará de todos nosotros, bendiciéndonos con otro año de abundancia y paz.

-Que así sea.

-Que así sea -repetí lleno de ilusión.

Narmer tomó la pequeña caja que había junto al cuenco vacío. En su interior había yesta y pedernal, con los que prendió la tea. La llama iluminó el rostro del sacerdote reforzando sus rasgos. Los pómulos se remarcaron altos y afilados. Los ojos, diminutos y perdidos en lo profundo de las cuencas maquilladas de negro, apenas parecían frías y moribundas ascuas.

A una orden suya los dos acólitos que aguardaban al fondo del templo abrieron las grandes puertas de oro y ópalo. Tras ello saludaron con una inclinación de cabeza y se retiraron. Al otro lado de las puertas había un pasillo oscuro, un sendero vedado a los simples mortales y que llevaba a las estancias de la diosa.

-Ve, hijo mío, y cumple tu misión -dijo Narmer tendiéndome la tea. Agarré la madera con fuerza, temeroso de que se me cayera, y avancé hacia la entrada del pasadizo. Notaba la mirada de Narmer clavada en mi nuca. Del interior en tinieblas brotaba un aire frío. Cargada de hedores de moho y abandono, aquella brisa evocaba olvido y soledad que poder y bondad. Apestaba a encierro, a tumba. No correspondía con lo que esperaba de nuestra señora, pero Narmer sabía lo que hacía. Reprimí un escalofrío y me adentré en la oscuridad. El sumo sacerdote de mí eso de mí, y eso le daría. Decisión, determinación.

Al contrario del adobe en el que estaba edificado el templo, las paredes del pasadizo eran de bloques de granito pulimentado, carentes de decoración alguna. Los cristales de cuarzo que formaban parte de la roca resplandecían como diminutas estrellas a la luz de la antorcha. En el suelo se alargaba mi sombra, proyectada por la luz del templo. No estaba sola: la acompañaba otra figura. Narmer se había asomado a la boca del pasadizo y me observaba avanzar. No podía girarme, no podía saludarle. Sólo me debía a la diosa, brindarla compañía en aquella su noche. Ella me esperaba. Por algo yo era el elegido.

Aceleré el paso, ansioso de encontrarme ante ella.

A los pocos codos el pasadizo torcía a la derecha. La sombra de Narmer ya quedaba atrás. ¿Seguiría en la puerta, observándome? No notaba su mirada. ¿Añoraba su presencia, su fortaleza, su seguridad? Sí, lo tuve que admitir. Había sido durante tres años mi mentor, mi maestro. Estricto y severo a veces, otras cariñoso y paternal. Pero siempre recto, seguro. En su compañía nunca sentí miedo. El miedo. Ese demonio había atenazado mi alma al inicio de la ceremonia. Sí, se me había bendecido al ungirme como consorte de la diosa, pero… tras el recodo, donde no habría más luz que la de mi antorcha, quedaría solo. Adiós a mi infancia, a mis amigos, a mi maestro. Adiós a todo lo que conocía. Al otro lado del recodo me aguardaba la diosa. Con ella la gloria, la divinidad.

Arrojé de mi corazón todo rastro de miedo, me despedí del mundo del hombre y doblé el recodo.

El pasillo seguía y seguía sin aparente final. No sé cuanto tiempo lo estuve recorriendo. El túnel jamás se bifurcaba, pero con relativa frecuencia se retorcía sobre sí mismo, como si de una serpiente se tratara. ¿Estaría adentrándome en las entrañas de la horrible serpiente que acosa noche tras noche a Ra? El camino sufría una pendiente continua, siempre descendente: me estaba adentrando en el inframundo, en las entrañas de la tierra. ¿Me había adentrado en el Duat? ¿Qué peligros me aguardaban en esta travesía? Recordé la figura del ba. Me habían ungido con espíritu. Precisamente eso buscaban los demonios del Duat, almas que alejar del camino llevándolas a la oscuridad. Pero no sentía miedo alguno: me habían bendecido y en mis entrañas ardía el fuego de la leche de la diosa. Su llama recorría como sangre todo mi cuerpo. Recordé las palabras de Narmer: quizá sintiera nauseas. El fuego del estómago se había avivado, creciendo y propagándose por todo mi cuerpo, pero no había notado malestar alguno. Al contrario, me sentía eufórico, imbuido de poder sagrado. Incluso mi visión había mejorado: las paredes parecían desprender destellos apagados, y en el aire vislumbraba formas nebulosas, los espíritus de mis antecesores, guiándome hacia me destino glorioso. Mi olfato se había agudizado también: percibía nuevos aromas, insinuantes y delicados. La primera impresión al abrirse las puertas había sido repulsiva, casi asfixiante. Sin embargo, lo que en un principio creí que se trataba del hedor a antiguo ahora me llegaba cargado de un curioso rastro de almizcle. El olor parecía potenciarse en las esquinas, como si alguna bestia desconocida hubiera orinado en cada giro.

Azuzado por los brillantes colores -caleidoscópicos, dementes, deliciosos- que surgían de las paredes, apresuré el paso hasta el punto de encontrarme corriendo, adentrándome en el seno del templo. Penetrándole.

La palabra se afianzó en mi mente cargada de significado. Fluyeron imágenes de cuerpos fundidos: hombres con mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres, humanos con animales. Humanos con… otros seres. ¿Dioses?

Mi corazón bombeaba fuego. Me sentía como el mismo hijo de Ra. Aparté de inmediato de mi cabeza ese pensamiento blasfemo. Sólo hay un hijo de Ra, y ese es nuestro señor, el nesut.

Pero el calor en mi interior se avivaba. Seguía viendo cómo los cuerpos se movían, retozando, gimiendo, aullando, jadeando. De dolor o de placer, sólo Usir el justo lo sabría.

De repente el pasillo se amplió. Me detuve. El pasadizo desembocaba en una sala amplia. La luz de la antorcha no llegaba a las paredes opuestas. A mi derecha, colgado del muro, apoyada de una argolla, aguardaba una tea apagada. Acerqué la mía y la prendí. Unos codos más allá distinguí otra argolla, otra tea. Repetí la operación numerosas veces, hasta que me encontré regresando al punto inicial, a la boca del pasillo. La sala tenía forma circular, de unos cincuenta codos de diámetro, con paredes de una roca oscura y mate. Basalto. Estaba pulido de tal manera que más que reflejar la luz la absorbía. Sobre el centro de la sala había una indescriptible lámpara, una rosa del desierto de cristal multicolor, una aglomeración de diamantes y gemas colosales. La luz de las antorchas entraba en esos cristales descomunales, dignos del tesoro del mismísimo nesut, refractándose de unas gemas a otras. Por algún extraño efecto la luz acababa formando de cono perfectamente perfilado hacia abajo, hacia el altar. Éste resplandecía en dorado y blanco, oro con incrustaciones de ópalo.

Pero yo sólo tenía ojos para aquella cosa tendida sobre el ara. ¿Cómo describirla?

Al contemplar aquel ser el fuego en mis entrañas pareció retorcerse. Una punzada de temor se clavó mi alma.

Con la antorcha a modo de arma defensiva me aproximé al altar. Al acercarme me cercioré de que había en torno a él una serie de salientes rectangulares, semejantes a escalones. Con ellos más que de un altar parecía una especie de tarima.

¿Qué sentido tenía todo esto? No lo comprendía.

Estudié la criatura: superaba con facilidad la altura a dos hombres, aunque su extrema delgadez que le daba una apariencia liviana, endeble. No pude dejar de notar el olor que emanaba, idéntico al que impregnaba las esquinas del pasadizo, pero mucho más intenso.

Di una vuelta a su alrededor para observarla mejor, manteniendo la tea entre nosotros. Toda su piel tenía el aspecto de cuero antiguo y polvoriento. Una vez, de pequeño, mi padre descubrió el cadáver de un hombre sepultado bajo las arenas del desierto. La piel de este ser se asemejaba algo a la de aquel desgraciado. Pero, como rasgo distintivo, esta piel no estaba cuarteada ni desgarrada. De hecho no mostraba la menor fractura. La cabeza de la criatura distaba mucho de parecer humana, dominada por unas excrecencias corneas y dentudas que forzando la imaginación recordaban un pico. Esas fauces, desencajas y afiladas, parecían abrirse profiriendo en un gemido silencioso. Para mi intranquilidad no aprecié rastro alguno de ojos, sino dos finas ranuras, dos orificios oscuros y pestilentes. Las dos extremidades superiores no eran menos extrañas. En ellas la piel se extendía, colgante, como si de dos telones se tratara. Enormes y amplias, de aspecto quitinoso y con tres articulaciones, se extendían para acabar en dos manos de dedos alargados y afilados. Giré un poco más, contemplando sus piernas y aquello en lo que éstas terminaban, algo que no podría describirse ni como pie, ni como garra, ni como pezuña.

Entonces lo vi.

Entre las piernas: un enorme orificio, una amplia boca de oscuridad delimitada por una especie de labios resecos. Lleno de curiosidad me acerqué hasta la tarima. Esa cavidad me fascinaba.

Coloqué un pie sobre el primer escalón y un escalofrío de placer recorrió todo mi cuerpo. La antorcha se me cayó de las manos. Sorprendido descubrí que tenía el pene erecto. Sin querer el glande había rozado el pectoral, provocándome con ello un latigazo de placer. Aquella sensación me resultaba completamente nueva. Toqué el extremo hinchado sin comprender lo que sucedía. El gesto me hizo temblar de nuevo. Las fuerzas me flaquearon y caí sobre el altar, entre las piernas de aquella criatura. Notaba el pene a punto de estallar.

Y de improviso sucedió precisamente eso. Temblores, convulsiones, una sensación urgente de bombeo, todo ello acompañado de punzadas de placer indescriptible. Mi pene explotaba. El bombeo se hizo más intenso y contemplé con sorpresa cómo un líquido blanco y denso saltaba de mi miembro. Una vez, dos veces. Tres. No tenía palabras para ese éxtasis. Reducido a una condición casi animal, sólo podía emitir gemidos apagados.

Aquello se prolongó durante unos instantes que se me hicieron eternos -y hubiera deseado que realmente fueran eternos-. Pero concluyeron. Las energías cedieron y caí sobre el altar exhausto. Allí quedé, tendido entre las piernas inhumanas, bañado por la luz de miles de joyas, con la respiración acelerada y con la mente rememorando el sorprendente placer que me había poseído sólo unos instantes antes.

Al fin pude levantarme de nuevo. Busqué el lugar donde habían caído los chorros de líquido blancuzco. Para mi horror comprobé que algunos lo habían hecho sobre la piel de la criatura; uno justo en los labios del borde del orificio de la criatura. Y goteaba dentro del mismo.

El fuego en mi interior, azogue ardiente, había derivado en una sensación de apremio, de urgencia, de necesidad. ¿Necesidad de qué? No lo dudé un instante: estaba ante mí. La diosa estaba sola. La diosa necesitaba compañía. Amor.

La diosa no debe estar sola.

Con sumo cuidado me acerqué al cuerpo de la diosa. Mi pene aún erecto se balanceaba como un sabueso olfateando su presa, dispuesto y ansioso. Acaricié la piel de la diosa, seca y áspera, fría y antigua. Mis dedos se deslizaron allí donde había caído mi fluido. El líquido había sido absorbido, y esa zona parecía más tersa. Más receptiva a mis caricias. Recordé las manos de Narmer sobre mi piel al ungirme. Su óleo me había dado fuerzas. El óleo y la leche de la diosa. Me habían llenado de… vida. Con mi placer la diosa había recibido mi esencia, su piel la había absorbido volviéndose más ¿viva?

Mi diosa.

Me tendí sobre ella. Mi pene acarició su piel, pero reprimí el impulso. Supe aguantar, resistir la tentación del placer. Esperé. Me adentré. Mi miembro resultaba pequeño en comparación con aquel orificio. Sentí cómo mi glande topaba con algo en el interior, algo que hacía de tope.

Allí, sí, dentro de mi diosa. Todo para ti, mi señora.

No pude soportar más la tensión y de nuevo bombeé, vertiendo toda mi esencia dentro de la diosa. Me retorcí de placer. Agarré el cuerpo, me aferré a su piel dura y seca. Noté cómo una leve vibración recorría ese cuerpo muerto. Aquello contra lo que golpeaba mi glande se movió, se abrió. Me lo imaginé como una flor, desplegando sus pétalos. Yo interpretaría el papel de abeja. La flor abrazó mi miembro, sedienta de lo que le pudiera dar.

Bombeé otra vez. Ella succionó.

Regresaron a mi mente aquellas imágenes: hombres con hombres, sin distinción de sexos. Hombres con animales. Y hombres con dioses. Allí me vi, enlazado con mi diosa.

La diosa no debe estar sola. Recordé el cántico de la gente. Ellos no sabrían de verdad cuan sola estaba. Aquí, bajo la montaña, sepultada en su catacumba, rodeada de fría roca, lejos del padre sol.

Pero mientras pudiera la acompañaría. Nunca más que te dejaré sola, mi amada Nejbet. Mi temida Nejbet.

Yo le daba mi esencia; ella la tomaba. Mi diosa es una amante sedienta.

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