Jun
24
La gloria del pantano
Junio 24, 2008 |
La ciudad posee una belleza legendaria, al punto de recibir el calificativo de ‘La gloria del pantano’. Avenidas amplias, parques paradisíacos, edificios monumentales y torres altísimas: todo en ella resplandece, haciendo que el murmullo de agrado y sorpresa sea la expresión predominante entre los recién llegados, los innumerables peregrinos que llegan atraídos por su fama.
En el centro, presidiendo la plaza mayor de adoquines de jade veteados de oro, se alza el Altar del Sol. La estilizada aguja, de base basáltica sobrecargada de bajorrelieves que narran la fundación de la ciudad, se eleva sin un final aparente. A medida que lo hace el granito se va veteando de más y más formas cristalinas, hasta culminar más allá de las nubes en un templo de cristal de roca. Retorciéndose en su interior, desde la base hasta la cúspide, una inacabable escalera de caracol lleva al santuario, a través de cuyas paredes cristalinas resplandecer un fuego eterno. La llama, vigilada y alimentada por sacerdotes eunucos de mirada hierática, nunca puede extinguirse. La maldición aparece grabada en una lápida de basalto rosa en la base de la llama. Los dioses de la cuidad, milenios atrás, lo anunciaron: ‘Mientras arda esta llama gozareis de nuestra protección y prosperidad; si ese fuego se apagara maldeciremos al culpable y contra la ciudad no habrá piedad’.
Durante siglos y siglos el faro de los dioses ha brillado, día y noche, sobre la gloria del pantano. Esa estrella significa para los habitantes de la ciudad, y para sus peregrinos, una promesa de abundancia y prosperidad.
Pero no para nosotros, sus vecinos más cercanos. Para nosotros no hay prosperidad, ni protección, ni maravilla alguna con la que solazarnos. Habitamos el pantano, bajo la superficie legamosa, encadenados por nuestra fisonomía a surcar la oscuridad de la turba y el légamo. Por no poder, ni siquiera se nos permite asomarnos a atisbar esa belleza tan cercana.
Aun así sabemos lo que hay sobre nosotros. A lo largo del tiempo han llovido a nuestro reino de húmeda oscuridad elogios de esa ciudad. Con ellos, durante milenios, se ha fraguado en nuestras mentes una llama propia: la de la curiosidad y la frustración.
El consejo ha tomado una decisión; nuestras mentes se han fusionado con la diosa, nuestra solitaria deidad de las profundidades. Ella, en su infinita sabiduría, nos ha dado vía libre para actuar, y su apoyo explícito. La cuidad al fin será nuestra. Como ella bien nos ha dicho, nos pertenece por derecho: la ciudad está rodeada de nuestro reino, el pantano; sus cimientos se adentran en nuestras zonas de caza; sin la paz que nuestro reino les ha dado sus habitantes no podrían disfrutar de su ciudad.
Nosotros tenemos derecho a contemplarla. Nosotros vamos a contemplarla. A poseerla.
La espera ha terminado, la llama de nuestra frustración debe extinguirse. Así hoy, con la bendición y la ayuda de la diosa, hemos empezado a socavar sus cimientos. Toda ella quedará sumergida en nuestro reino de oscuridad. La diosa se siente ansiosa de que eso ocurra. Ansiosa de comprobar cuán poderosos son los dioses de la superficie. Ansiosa de tener compañía.
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