El abandono

Mayo 26, 2008 |

Harto, desesperado y rabioso, me abalancé contra las estanterías. En ellas reposaba, o más bien yacía, toda mi obra. Décadas de manuscritos encuadernados en preciosos volúmenes, cuidados como si se tratara de mis hijos. De hecho, podría decir que en realidad eran mis hijos. Esa casi infinita colección de palabras describía todo cuanto me rodeaba, mis pensamientos, incluso mi propia esencia. Mi realidad, mi existencia y la de todos aquellos que me rodeaban.

Mis recuerdos.

Pero, ¿de verdad me pertenecían? No, por desgracia ya sabía no. Un año atrás hubiera jurado que era su propietario. Un año atrás. Hoy hacían trescientos sesenta y cinco días desde que me abandonó mi musa, confinándome en los muros de mi mansión. Con su fuga toda mi potencia creativa se extinguió. Toda menos esa patética realidad que jornada tras jornada anotaba en forma de diario.

A excepción de ese libro, todos los demás ya no me pertenecían. Sí, la letra que garrapateaba en sus páginas encajaba con mi caligrafía, pero la esencia que había dictado esos textos ya no permanecía conmigo. Estaba lejos, muy lejos.

Estos doce meses he habían convertido en un eterno vía crucis: cada mañana me levantaba y acudía a contemplar la colección. Me engañaba pensando que quizá así regresaría ella. Iluso.

Hoy el reloj de arena de mi paciencia se agotó. Con la caída del último grano mi esperanza voló, quizá siguiendo por el mismo camino de la musa.

Así que al fin reaccioné. Agarré un volumen. Luego otro, y otro. Ciego de ira, llevado por la desesperación, los lancé a la lumbre de la chimenea. Mis manos corrían rápido de unos a otros. Trataba de no fijarme en cuales destruía. Pero mis ojos anegados de lágrimas, quizá conservando un trazo de esperanza tras ellas, no podían evitar posarse en algunas de las tapas. Estaban adornadas con arabescos dorados, decoradas con alegorías que hacían referencia a lo que narraban las páginas que contenían. Pero todas, junto a su contenido, acababan siendo pasto de las llamas.

Toda mi vida, mi existencia, mi realidad, estaba en esas páginas.

Diletante, me llamaban algunos. No comprendían que me había volcado en una tarea descomunal, inacabable: plasmar en palabras la esencia de la vida, la naturaleza más profunda y escondida de la realidad. Convertirme en el escriba de Dios, y atrapar con mis palabras toda su Creación.

Publícalo, que al menos alguien vea que haces algo, me espetaban. No. Mi obra no se limitaba a representar la realidad: al cabo de los años se había convertido en mi propia realidad. La musa me había dado todas esas palabras, convirtiendo al conjunto en un crisol de poder. Sabía que si mostraba mi obra a los demás ese poder se pervertiría, quizá afectando a la propia esencia del mundo. La realidad podría cambiar, mutar a algo… diferente. No podía decir qué. Ni siquiera la musa me daba un atisbo de qué sucedería en ese caso, pero su voz escondía a duras penas una huella de terror.

Así que continué con mi labor, invierno tras invierno, esperando que algún día llegara la primavera de mi creación. El fruto sería mi obra acabada, preparada para ser enseñada al mundo. La musa me llevaba de su mano por el sendero de palabras; yo observaba, ella me dictaba, yo escribía… Era feliz, y creía que ella también.

Por el rabillo del ojo pude ver que el fuego de la chimenea parecía asfixiarse: los volúmenes, lanzados a las bravas sobre las llamas, las sofocaban. Opté por cambiar de estrategia y lanzar los volúmenes encima de la mesa. Cuando hubo sobre ella una buena cantidad abandoné las estanterías. Uno a uno los iba abriendo y desagarraba sus tripas: hojas de caligrafía diminuta y apretada. Sin parar a leerlas, lanzaba las hojas a la chimenea, donde arderían sin problema alguno.

Con qué facilidad mis palabras avivaban el fuego. Palabras que ya no fluían a mi mente, y mucho menos de mi pluma al papel.

Ella se había ido.

Lo hizo de repente, sin previo aviso. Una mañana me desperté y con un vacío en mi corazón sentí que había partido. Estaba sólo, abandonado.

Desde aquel día en adelante mi vida carecía de sentido. El levantarse cada amanecer y contemplar el paisaje a través del ventanal de mi dormitorio carecía de magia alguna. Sí, se trataba del mismo paisaje que contemplara desde mi infancia, pero ya no estaba ella.

La campiña verde, dividida en dos por el camino que llegaba a la mansión, rodeaba las inmediaciones de la mansión. En un lateral de la carretera mi abuelo había mandado construir un laberinto de arbusto: desde que tengo memoria disfrutaba con los cambios de color que sus circunvoluciones sufrían con el devenir de las estaciones.

El anillo de prados estaba rodeado por densos bosques de hoja perenne. La única parte donde no había bosque era la zona pantanosa, justo ante mi ventanal. A unos pocos kilómetros pantano adentro se encontraba la antigua ciudad, desde hace siglos en ruinas. Nunca la había visitado, pero uniendo lo que mi padre me contara de crío, los diversos grabados que había en su despacho y mis inspecciones con el catalejo, ya casi la consideraba una extensión más de la mansión, abandonada pero siempre presente.

Alejando un poco más la mirada, tras el pantano, al otro lado de la ciudad abandonada y de los bosques, se elevaban las montañas que confinaban el valle. Esas cumbres servían como barrera entre mi mundo y ese monstruo llamado civilización, una criatura de la que prefería mantenerme lo más aislado posible.

Sabía que aquel paisaje en cualquier momento hubiera inspirado a poetas y escritores, pero a mí sólo me daba dolor: antes escribía, creaba con su sola contemplación. Antes.

Pero ya no.

Mis despertares, antes acompañados de un torrente de palabras inundando mi mente, ahora estaban sumidos en silencio. Ese silencio prosiguió. Días. Semanas. Meses. Esta mañana hizo un año de ese abandono letal. Han transcurrido cuatro estaciones, y mi alma sigue sumida en un horrible e interminable invierno. Hasta que ya no he podido aguantar más. Caminé hacia la biblioteca y encendí la gran chimenea que preside una pared. Al cabo de un rato el fuego chisporroteaba danzarín calentando la habitación.

Entonces empezó la destrucción.

Contemplé el hogar: casi no queda nada de aquellos tomos que se resistieron a arder; de las páginas sólo quedaban cenizas anónimas. Mi creación, desaparecida por mi propia mano, reducida a la nada. Extrañamente no sentía remordimiento alguno; muy al contrario, en mi interior bullía una furia que parecía alimentada por el propio fuego.

Tomé otro volumen, desgarré las páginas y cebé el fuego, que murmuró satisfecho pero ansioso de más. Las estanterías de la biblioteca aún estaban bastante llenas. Seguí cogiendo libros, destripando sus entrañas y lanzándolas a las llamas.

El tiempo pasó y los volúmenes se consumían en el hogar. El sol se alzó, empezó a declinar. Yo continuaba alimentando la pira. En un momento dado las estanterías empezaron a gemir de placer, liberadas de improviso de su carga.

Yo reía con una risa impregnada de demencia, de lujuria. Destruía los volúmenes, uno tras otro y de manera exhaustiva. Aquello, ahora lo comprendía, me satisfacía más que el haberlos llenado de historias. La aniquilación como único objetivo, como sentido de la existencia.

No comí; y tampoco sentí hambre: la anulación de la obra mi vida parecía saciarme.

Ya sólo quedaban dos libros. Uno de ellos, con el cuero de las tapas ya cuarteado por el tiempo y las letras de lomo desgastadas, se trataba del primero que mi pluma acabó: la primera e inocente descripción del paisaje que rodeaba mi mansión. El otro, aun incompleto, consistía en una especie de autobiografía, que en los últimos meses había adoptado la forma de patético diario.

Tomé entre mis manos mi infancia y sin pensármelo dos veces la destripé, arrojando sus entrañas al resplandor de la purificación. Tras hacerlo la biblioteca quedó sumergida en una extraña luz crepuscular, difusa y pálida. Sorprendido me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas para ver… nada. No había absolutamente nada más allá de la mansión. Sólo una infinita e indescriptible blancura carente de matiz alguno.

¿Qué había sucedido? Con cierta aprensión, pero al mismo tiempo lleno de curiosidad, abrí la ventana y miré hacia abajo, hacia la base del edificio. Los cimientos se mezclaban con la sustancia lechosa para acabar disipándose en esa nada. En efecto, todo indicaba que, de alguna manera, estaba rodeado de esa… nada.

Todavía sostenía en mis manos ese primer volumen. Le estudié desconcertado. Unas pocas páginas habían quedado prendidas al lomo. Las leí: casualmente describían algunas de las estancias de la mansión. Mi cuarto, la sala de trofeos, los calabozos, la biblioteca…

Sin saber muy bien porqué tomé unas pocas (hablaban de la sala de trofeos) y la lancé al fuego. Una leve convulsión recorrió el suelo y las paredes de la biblioteca, acompañada por un sonido grave y apagado similar al que haría una casa al tratar de asentarse sobre sus cimientos. Seguí con la hoja de los calabozos. Hubo un nuevo temblor, un poco más intenso. Examiné las paredes buscando grietas, desprendimientos de escayola, algún indicio que me inquietara. Nada. Sólo el blando sonido, ahora estaba seguro de que de eso se trataba, de la realidad remodelándose.

Arranqué todas las hojas, menos las que describían la biblioteca, y las lancé a las llamas. Sucedió lo mismo. Un suave temblor, un murmullo apagado y aquella sensación de laxitud.

El fuego devoraba mi creación, mi obra. Y con ella el universo, la realidad misma. ¿Qué pasaba?

Con un nuevo impulso tomé la estilográfica que siempre llevaba encima y garrapateé en un margen lo siguiente:

«Tres soles desgarraban el cielo de oscuro terciopelo negro. El mayor de ellos, un moribundo coloso de tono rojizo intenso, agonizaba convertido en el centro del baile. El menor del trío, enano y de feroz resplandor azulado, lanzaba hacia su hermano mayor un tentáculo de refulgente materia. Alejado un poco de la pareja, esquivando el lazo mortal, bailaba sobre el cielo el tercer astro, blancuzco y de tamaño intermedio.»

Al instante un resplandor indescriptible inundó la biblioteca. Me acerqué a la ventana, seguro de lo que me iba a encontrar. En efecto, allí estaban los tres danzarines. Leí de nuevo las palabras que acababa de escribir. ¿Había regresado mi musa? Las repasé una y otra vez hasta por fin dar un veredicto: no, no había vuelto. El pasaje era vulgar, leído decenas de veces en libros de otros autores. No tenía esa magia que mi musa me daba. Con ella, con su voz guiando mi pluma, de alguna manera había creado el mundo. Pero de ese mundo sólo quedaba el cuarto en el que me encontraba, todo lo demás destruido por el fuego. ¿Qué quedaba? Un libro entero y luego nada más que una miserable descripción.

Mi musa, ¿dónde estaba mi musa? Busqué en mi interior, escarbé en mi corazón, recorrí los laberintos de mi mente. Nada. Estaba solo, seguía solo.

Contemplé mi autobiografía, mi diario. Mi esencia, mi realidad, mi existencia. Mi alma, mi espíritu. Yo estaba almacenado en esas páginas.

Pero no ella. Me rehuía, incluso en aquel momento.

Sin pensarlo arrojé el libro de mi vida a las llamas

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Comments

1 Comment so far

  1. Escrito sobre cenizas » El regreso de Eterno on Mayo 30, 2008 12:34 pm

    […] Pero por ahora, mientras todo avanza con lentitud reptiliana, podéis leer la primera entrada de Eterno V2: El abandono. […]

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