Lo oyeron con claridad. Luego, el silencio.
De repente todos los viajeros se encontraron mirándose a los ojos. Azul contra marrón, contra verde o contra negro. Ojos sanos o miopes. Ojos que ocultaban las ojeras del sueño tras gafas de sol. Ojos con gafas sencillas o recargadas, de cristales grandes y anticuados o pequeños y modernos, finos o gruesos. También había ojos mentirosos, de los que disfrazaban su defecto con lentillas. Ojos todos ellos, ojos que buscaban una explicación a lo que había ocurrido.
Ojos, espejos duplicados de almas irrepetibles. Algunas de ellas se conocían de tiempo atrás gracias a la rutina de acudir al trabajo: todos los días en el mismo andén, rondando el mismo vagón, buscando la misma puerta que les dejaría a la misma y calculada posición en la estación destino. Otras almas se encontraban en aquel momento por primera vez. Pero todos, conocidos o no, en aquel instante concreto eran iguales: humanos sorprendidos.
Un segundo antes todo transcurría de la manera habitual.
La madre que llevaba en sus brazos a la adormecida niña. Debía estar a las nueve en el trabajo, un miserable puesto de dependienta en una hamburguesería. Juntos, su sueldo y el de su marido apenas daban para pagar la hipoteca y llegar a fin de mes. Imposible pensar en una guardería. Por fortuna disponían de la abuela, la madre de ella (la anciana aguardaba cada mañana en la puerta de su casa el pitido del timbre, ese sonido estridente que la convertía, a su edad, de nuevo en madre). La mujer, sentada en el asiento con la niña bien pegada a su pecho, se pasaba la mayor parte del tiempo contemplando emocionada el plácido dormir de su hija, con su carita tan dulce. Pero tras escuchar aquello en su rostro se había sus ojos estaban clavados en los del pasajero de enfrente. Buscaba en ese rostro la seguridad que ella había pedido.
El hermano que había madrugado más de lo habitual para hacer un papeleo a su hermana enferma. Esperaba que, con algo de suerte, el trámite no le consumiera mucho tiempo. Así podría llegar a una hora no demasiado tardía al trabajo. Quizá se ganara una pequeña bronca de su jefe, pero por su hermana haría cualquier cosa. Durante el viaje cerraba los ojos intentado dormir un poco: poseía esa curiosa habilidad de saber el momento exacto en el que debía despertar para bajarse del tren. Ahora los tenía ojos abiertos, muy abiertos. Todavía faltaban varias paradas hasta llegar a su destino.
La chica que repasaba el libro de la autoescuela, nerviosa ante el examen de la semana siguiente. Llevaba estudiando un par de meses. El aburrido libro había sustituido su lectura habitual de novela romántica. Tenía unas ganas locas de aprobar, si bien no estaba del todo segura de si lo deseaba para poder decir eso de ‘de una puñetera vez he aprobado el teórico’ o por saber qué le sucedía a la bella Ingrid, cómo huirá del barco del malvado y tuerto Jonás, y si acabaría en los brazos del rubio y fornido vikingo, Sigurd. Intuía un buen desenlace (si no vaya birria novela romántica está hecha), pero no se podía permitir enfrascarse de nuevo en el vicio: la autoescuela debía ser lo primero. Sin embargo en ese momento, tras el sonido, el libro de la autoescuela había perdido toda importancia. Sólo miraba indecisa a su alrededor.
El chico tímido que había conseguido su primer trabajo. Nunca antes había realizado ese trayecto vez, menos aun a una hora tan pronta, e ignoraba por completo lo allí se iba a encontrar. A lo largo de todo el viaje se había dedicado a estudiar al resto de pasajeros. Entre mirada y mirada trazaba bocetos en su pequeño cuaderno de dibujo. Estaba convencido de que de ahí podría sacar algo para el cómic que estaba preparando junto a un amigo. Aquel sonido detuvo el vuelo de su rotulador sobre el papel. La punta seguía tocando la superficie de dibujo: una mancha se iba engrandeciendo con lentitud a medida que la tinta fluía.
El par de obreros, todo músculo y barriga cervecera, que desganados se preparaban para una larga jornada en el tajo. Tras ojear el periódico gratuito se han dedicado a comentar las noticias y los chismes, haciendo especial hincapié (cómo no) en las deportivas. Que si tal entrenador ha dicho esto, que si tal jugador estaba en racha, que si habían visto el partido del otro día y cómo la cago Fulano, con lo que cobra el malnacido. Todas esas noticias, sin duda apasionantes, se les han esfumado de la cabeza al notar aquello. Ahora se observan el uno al otro, buscando cada cual en los ojos del contrario la respuesta a la pregunta que dentro ambos se ha formado.
El oficinista, vestido de un sobrio uniforme gris comparable a su futuro. Todo el tiempo transcurrido desde que montó en su estación lleva enfrascado en un libro de informática. Su jefe le ha dicho que para la próxima semana debía ser experto en eso; hasta hace unos días él no sabía que esa condenada herramienta existía. No le cabe la menor duda de lo que pasará si no da la talla. Por suerte su mujer es funcionaria de carrera: al menos ella tiene el trabajo asegurado. El súbito instante de magia extraña le ha obligado a levantar la vista del libro para encontrarse inmerso en pleno tiroteo de miradas.
Decenas de personas, todos diferentes. En su humildad, anónimos. Cada uno veía la vida a través de su cristal, más oscuro, o más luminoso, o más risueño, o más lúgubre. Decenas de perspectivas, de esperanzas, de ilusiones, de experiencias.
Ahora, sin embargo, el silencio les ha vuelto iguales.
La madre busca una respuesta en ese rostro nada agraciado de enfrente suyo, mientras ruega porque su hija siga dormida e ignorante de lo que pueda pasar.
El hermano toquetea nervioso el papel con el encargo de su hermana. Desearía estar ya ante la ventanilla. Lejos de aquí. Mientras, pasea con avidez su mirada de un rostro a otro.
La autoescuela ha quedado olvidada en sus manos. Ahora busca entre ese mar de rostros uno concreto: delgado, de barba rubia y de lacia melena color miel. Sigurd debe sacarla de este castillo de silencio, salvarla y llevarla a un lejano fiordo. Allí dejará que haga con ella cuanto quiera. Pero lejos de aquí.
El chaval se da plena cuenta, por primera vez en su vida, de lo bien que se le da dibujar. Su rotulador vuela sobre el papel captando rostros, ademanes, posiciones. Sabe que algo pasa, no tiene certeza de qué es, pero él sólo desea inmortalizarlo. La hoja ya estaba llena, por lo que pasó a una nueva. El rotulador traza líneas con precisión de maestro. No pensar: sólo ver y dibujar.
Uno de los obreros empieza a murmurar algo en voz muy baja: la alineación del Real Madrid. El otro le contempla, comprende lo que su amigo está haciendo y le responde con otra letanía: Padre Nuestro… Cada cual se aferra a su religión.
El oficinista ha dejado caer al suelo el libro de informática. Su mirada está perdida en el vacío. Experto en qué, se pregunta. Experto en perder, en días grises, en proyectos que se hunden, en vaticinar un futuro negro. Con gesto indolente rebusca en el bolsillo interior de su abrigo. Saca unos cascos pequeños y se los coloca en los oídos con calma. No quiere que ese súbito silencio le devore. Enciende el reproductor de MP3. La música suena atronadora en sus oídos: la parte central de Apocalypse, el tema de Hypocrisy. Realmente oportuno, piensa para sí, y sonríe.
En todo el vagón los ojos se cruzaban con diálogos mudos, inmersos en un gran mar de silencio. El habitáculo parecía envuelto por una burbuja espesa, un domo que lo aislaba de la realidad de la gran estación, del bullicio de los andenes. Pero los viajeros colocados cerca de las puertas abiertas podían contemplar el exterior: sólo había una anormal neblina gris. La bruma poseía un olor acre, rasposo. Ese olor se intensifica a cada segundo.
El virus del miedo se empezó a propagar cual gripe tardía. En una esquina alguien murmuró un apagado ‘esto no me puede pasar a mí’. La política del avestruz.
Sin previo aviso la burbuja de silencio explotó. Un estampido. Luego, casi seguido, otro. Con cada uno de ellos hizo vibrar al tren. Algunas personas situadas junto a la puerta recibieron un empujón. Un empellón lo justo de fuerte para que a la anciana que se hallaba junto al escalón (se había montado en una estación ya demasiado cerca de Madrid, y se sentía agraciada por lograr subir dentro del vagón; nadie la había brindado un asiento) le fallaran las piernas y medio cayera afuera. No lo hizo gracias a un hombre que la sujetó por el brazo.
Una vez la onda expansiva cesó alguien gritó ‘al suelo, al suelo’. Ahí estaban todos, apretujándose como podían unos contra otros, buscando en vano refugio. Sólo quedó en pie un chico: larga melena negra que casi le llegaba a la cintura, ojos profundos tras las finas gafas, todo vestido de negro (pantalones pitillo, chupa de cuero abierta bajo la que se le adivinaba una camiseta de Blind Guar… lo que fuese). El chico observaba incrédulo cuanto le rodeaba.
–Tírate al suelo, idiota –escuchó desde un lugar que no pudo identificar. Como si estuviera inmerso en aceite, con la lentitud de la incomprensión, el chico se fue agachando.
Mientras tanto el silencio, con paso lento pero seguro, huía de la estación. Con él se llevaba secuestrados la calma y la seguridad. El hueco pronto se vio rellenado: ruido de chasquidos, de gritos, de gemidos. De llantos.
¿Cuánto tiempo estuvieron apretujados contra el suelo? El chico de negro lo ignoraba. Veinte segundos o un minuto: la duda siempre le quedaría ahí, irresoluta. Al fin alguien se levantó y salió por la puerta del vagón, aún abierta, hacia la oscuridad con olor a quemado del andén. En seguida le siguieron otros pasajeros. Todos temerosos de lo que podrían encontrar entre la niebla, de descubrir la razón de los gritos. De los gemidos. De los llantos.
Avanzaron por el andén, entre polvo y escombros, inmersos en la niebla que olía a muerte.
Avanzaron en un nuevo silencio nacido de la impotencia.
Avanzaron en ese silencio con los ojos irritados por lo que la niebla traía: suciedad, dolor, miedo y un indefinido deseo de venganza.
Avanzaron en ese silencio, deseando que nunca hubiera tenido razón de ser.
Avanzaron en silencio. En su interior daban gracias: el silencio que profesaban era voluntario. Más adelante lo podrían romper con quejas, llantos o gemidos.
Podrían romper un silencio del que otros ya no saldrían.
Relato dedicado a los que, como yo, estuvimos en Atoche ese fatídico 11 de marzo de 2004 y nos vimos inmersos en ese instante de silencio. Nosotros salimos. A pie, entre el humo y el barro, pero salimos. Tuvimos mucha más suerte que otros, que se quedaron inmersos en ese silencio.
También me veo obligado a dedicar este relato a los políticos y medios de comunicación que han luchado a brazo partido para que nunca tengamos certeza de lo que ocurrió esa mañana. Ellos también se merecen parte de esta dedicatoria. Y todo ese silencio del que muchos no escaparon.