-Yo decir tú. Ellos devorar todo -me explicó el zángano. Al fin desnudo del todo, y me mostraba orgulloso el delgado y afiladísimo aguijón córneo. Éste, de carácter retráctil, asomaba en su entrepierna allí donde en un hombre normal debiera estar el pene-. Cuando ellos acabar con mamá venir por mí y por mis hermanos.Debió leer el pavor en mi rostro porque prosiguió con un tono más dulce:

-Pero tú tranquila, vosotras estar a salvo.

-A salvo -murmuré desesperada. La seguridad parecía algo inaudito, viendo a aquellas criaturas mitad humanas, mitad… mitad ¿qué? ¿Avispas? Por fortuna para ella Marta aún seguía inconsciente en mis brazos. Contemplar el horror oculto bajo la gran choza que presidía la aldea la había llevado al colapso. Bendito desmayo. Yo no había disfrutado de esa suerte.

La criatura que me hablaba se había descrito como algo semejante a un ‘zángano’ de una colonia de abejas, un macho reproductor. Durante días había realizado las funciones de guía indígena, el único contratado para la expedición. La expedición. Ya carecía de sentido: todo había cambiado, todo estaba perdido. Sólo quedábamos vivas Marta y yo, los demás asesinados por el propio guía y sus hermanos. Y ahora él, el asesino, hablaba con calma pasmosa de propia su muerte, la suya y la del resto de hombres de su aldea. ¿Nos habían secuestrado sólo para verles morir devorados? No lo comprendía. Matan a cinco hombres, secuestran a dos mujeres, las obligan a atravesar la selva durante kilómetros, las empujan ladera arriba hasta la parte superior de un tepuy, hasta su corazón perdido en las brumas. Todo eso ¿para qué?

En el centro de la enorme choza siguió la carnicería Los seres salían de los capullos, tanteaban medio ciegos el nuevo mundo y, en cuanto sentían el contacto con el vientre empezaban a morder. Todo ello en silencio. Sólo los sonidos de desgarro, succión, masticación y deglución.

Observé a mis secuestradores. Cuando estaban vestidos parecían perfectamente humanos. Pero ahora que están todos ellos desnudos esa ilusión se había desvanecido: a todos les faltaba el pene, poseyendo en su lugar ese extraño aguijón retráctil. Zánganos. Todos ellos. Conté una veintena larga. Nos rodeaban a Marta y a mí, como si nos protegieran. ¿Pero protegernos de qué? Si no debía temer a esa marabunta, entonces ¿a qué?

Las criaturas seguían comiendo. Su número bien podría superar el millar, aunque apenas una hora atrás no había ninguno: sólo huevos. Una hora antes estaban colocados primorosamente en torno al vientre hinchado de su madre. De repente, y ante el regocijo de los zánganos, los huevos se abrieron casi al unísono descubriendo unos seres de tamaño y forma similar a un bebé de mono. Los retoños, de piel casi albina y sin un sólo pelo, se retorcían presas del hambre. Un hambre que saciaban desgarrando el abdomen de su madre, aún viva.

-Sí, tranquila. Nada preocupar, niña. Ahora tú mirar la reina, más allá del abdomen, arriba. ¿Poder ver el cuerpecillo en el extremo?

Forcé la vista y lo vi. Allí estaban, dos pequeños y raquíticos brazos surgiendo de la masa deforme del vientre hipertrofiado. Un poco más allá, una cabeza, ridículamente pequeña en comparación con la enormidad del abdomen. Por fortuna no podía apreciar sus rasgos ni su mirada, pero la manera en que convulsionaba no ayudó a tranquilizarme. No pude distinguir por ningún sitio restos de piernas.

-Antes humana, tanto como tú.

Aquella aclaración me golpeó de tal manera que a punto estuve de desmayarme. Pero logré recomponerme y seguir escuchando al supuesto guía:

-Ahora tú comprender: ella cambiar, hacerse reina poderosa, madre fecunda. Ya cumplir su labor final. Hace años realizar primera puesta, nosotros. Nosotros cuidarla, alimentarla. Mientras tanto ella incubar y madurar en su interior la segunda camada. Terminar eso la semana pasada. Estos siete días realizar la puesta. Todos nosotros ansiosos en conocer al fin a nuestros hermanos. Alegres al comprobar su energía, su hambre. Nuestra misión, la de mamá también, ya terminada; ahora ser tiempo de los niños -desvió una mirada no exenta de ternura hacia las pequeñas criaturas-. Ellos estar listos en pocas horas. Ellos ser tu ejército, tus ayudantes, tus guardianes hasta que tú encontrar sitio nueva colonia -aquella mención a mi persona en relación con esas abominaciones me puso los pelos de punta. Seguía sin comprender, pero un terror indefinido empezó a clavarse en lo más hondo de mi corazón-. Tú dar prisa. Luego ellos morir y alimentar otra primera puesta. Amiga de tú ocurrir lo mismo, pero no tener que viajar: éste su sitio.

Yo no acababa de entender a qué se refería. Tampoco deseaba saberlo, la verdad. Sólo quería que alguien nos rescatara, que nos sacara de esta pesadilla. Regresar a mi casa con mi gato y mi tesis, mis estudios. El zángano seguía con su discurso ajeno a mi horror.

-Mirar madre. Grande, hermosa, fértil. Quizá tú preguntar cómo cambiar. Yo explicar. Sí, sí, yo explicar. Yo mostrar.

Pero yo no quería ni sabe, ni ver, ni conocer. Nada de nada. Sólo salir de ahí. Si trataba de escapar ¿qué la pasaría a Marta? ¿Me atrevería a dejarla aquí sola?

Él se acariciaba el aguijón. Sus ojos resplandecían llenos de excitación.

-Yo hacer amiga tú reina.

Dios mío.

-¿Cómo? Picotazo de zángano-explicó; sentí que el pavor me desgarraba-. Zángano como yo. Yo mejor cazador, mejor alimentador, mejor embaucador: yo traeros aquí. Yo ganar. Mis hermanos saberlo, premiar yo. Yo elegido. Yo fecundar amiga tú -su mano derecha recorría al aguijón desde la base a la punta, de igual manera que se masturbaría un hombre. Unas gotas de líquido amarillento y denso manaron de la punta.

Debía escapar. Marta seguía inconsciente, y seguramente no despertarían en bastante tiempo. Y dado que ellos ya tenían un destino para ella… Mejor ella que yo.

-Yo también fecundar tú.

Diosmíodiosmíodiosmíodiosmío.

Salté hacia delante. Esperaba que lo inesperado de mi reacción les tomara por sorpresa y así poder romper el cerco. Vano intento: cerraron filas como si me hubiera movido a cámara lenta. No había escapatoria. Volví a sentarme en el suelo. Ni me molesté en mirar a Marta.

-No. Tú no huir. Llorar. Llorar si tú querer, pero no huir. Tú tranquila: no doler. No mucho. Pero no huir antes yo fecundar. Yo avisar por tu bien. Si salir círculo sin aroma-madre tú enfrentar hermanos pequeños: ellos domina hambre. Ellos ciegos, sólo pensar en comer, calmar hambre. Ellos no distinguir carne madre de carne tú.

Como si no hiciera falta decir más se acuclilló sobre Marta, hundiendo el aguijón en su bajo vientre. En el rostro del zángano se dibujó una repentina mezcla de placer y dolor mientras bombeaba. Al cabo de apenas un segundo extrajo el aguijón. La base pulsaba rítmicamente. El guía miró con ojos febriles el cuerpo de Marta, la pequeña marca que había dejado la incisión; parecía preso de una mezcla de nerviosismo, fascinación y ansiedad. Mientras él seguía observando a mi compañera el aguijón, como poseído de voluntad propia, se giró hacia mí para apuntarme.

Grité. Chillé, aullé, pataleé. Propiné bofetadas, puñetazos. Me retorcí tratando de escapar, pero una decena de manos me sometieron. Hice todo esto inútilmente; sólo me hubiera valido algo, desmayarme al igual que Marta, no ser testigo de cómo se acercaba ese monstruo disfrazado de guía, cómo su aguijón penetraba mi carne, cómo…

La sustancia fluyó con rapidez por mi torrente sanguíneo. Calor. Un par de latidos y ya estaba a en mi cerebro. Dolor. Empecé a notar el cambió, mutación, posesión… No sabía cómo llamarlo, pero aquello me abrió las puertas a una nueva realidad, a una existencia que le daba un nuevo significado a la palabra maternidad.

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Carne de refranero

agosto 31, 2008 | 1 Comment

El señor J. Bueno, amante de los refranes, se casó con la señora M. Buena, que también adoraba los proverbios. Como eran dos, y no hay dos sin tres, decidieron tener un hijo. A los nueve meses nació Bonifacio Bueno Buena, una delicia de niño, un querubín de hermosura tal que todo el personal del hospital nada más nacer ya le adoraba.

-¡Qué bello! ¡Qué bueno! ¡Qué delicia de niño! -exclamaban todos henchidos de alegría.

Cuando, tras realizar todas las comprobaciones y chequeos, subieron el niño al cuarto y se lo entregaron a sus padres, los médicos dijeron:

-Este niño no es simplemente bueno: se trata de un ejemplar perfecto.

Mamá Buena y papá Bueno se miraron y asintieron llenos de pesar. El temor que desde hace meses les atenazaba el corazón se había convertido ahora en terrible y fatal realidad. Papá Bueno se puso en pie, se acercó a su hijo y murmuró con tristeza:

-Lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Y sin mediar palabra extrajo de su chaqueta un cuchillo con el que atravesó el pecho de su recién nacido hijo. El bebé apenas profirió un sorprendido y encantador borboteo antes de morir. El señor Bueno, tras su acción, pareció perder las fuerzas y se dejó caer en la cama, junto a su mujer. Ésta, que había contemplado todo con impresionante silencio, acarició la mano de su marido y dedicándole una mirada extraña (quizá transida de dolor, quizá perdida por la locura, quizá buscando algo de esperanza tras el crimen de su esposo) musitó:

-No hay mal que por bien no venga.

-Ni mal que cien años dure -le contestó él sonriendo, quien sabe si adivinando lo que se le avecinaba.

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-¡La diosa no debe estar sola! -así sonaba el clamor de la multitud. Todas esas gentes habían acudido a Nejeb para celebrar el festival. Las menos, procedentes de la cercana Nejem, sólo habían cruzado el río; la inmensa mayoría estaba aquí tras realizar un viaje largo y duro a lo largo del río, un trayecto que bien podía durar varios días. Una vez reunidos aquí, a las puertas del templo, vitoreaban y ensalzaban a la diosa, deseándola una felicidad y poder que, y así lo esperaban, en último término recaería sobre ellos en forma de bendiciones.

El ímpetu y euforia de la gente era tal que incluso desde nuestra posición, al fondo del templo, tras el altar, podíamos sentir la energía del cántico. Ni que decir tiene que, al igual que otros años, yo deseaba unirme a ellos y cantar, saltar, bailar y elogiar a nuestra señora. Pero no este año; al contrario, debía mantenerme ajeno, hacer oídos sordos a lo que sucedía en el exterior y centrarme en la misión. Alcé la mirada del cuenco de leche especiada y encontré los ojos de Narmer, el sumo sacerdote. Con un gesto tranquilizador me invitó a terminar el brebaje.

-No te preocupes. Ya sabes que todos los años sucede lo mismo -su voz poseía una calidez cercana al cariño, muy lejos del tono sobrio de sus discursos-. La diferencia estriba en que este año tú estas aquí, y no allí fuera.

Asentí y tomé aire tratando de calmarme. Bebí el líquido: su sabor, entre dulce y agrio, llenó mi boca con su fuerte carga de especias. El simple hecho de poder beber la leche de la diosa ya significaba un privilegio. Más aún en una noche como ésta, la suya. El participar en este ritual tan reservado (sólo estábamos en el templo el sumo sacerdote, dos acólitos y yo) significaba tocar la gloria. El brebaje descendió por mi cuello, incendiándolo con su fuego divino. Ardía, dolía, pero en el fondo dejaba un regusto dulce que invitaba a beberlo hasta la última gota, tal y como hice. Deposité el cuenco vacío sobre el ara, junto a la tea y la pequeña caja dorada que Narmer había colocado allí.

-Puede que dentro de un rato sientas nauseas -explicó sonriendo-. No te preocupes: procura no vomitar, que el malestar cederá. Tras ello empezarás a sentir el verdadero poder de la leche de nuestra señora, y eso te preparará definitivamente para tu misión.

La misión. Esa bendita tarea para la que me habían elegido: presentarme ante nuestra señora y acompañarla, velarla en ésta su noche sagrada. Sonreí exultante, pero Narmer no me prestaba atención. Se había agachado sobre un baúl colocado en la parte posterior del altar. Sus paredes eran doradas salpicadas de incrustaciones de ópalo blanco, y bien hubiera jurado que no se trataba de simple pan de oro, sino de macizo y pesado metal. Los bajorrelieves que la adornaban representaban a la diosa buitre en diversas posturas y situaciones. El sacerdote abrió la tapa y extrajo de su interior un tarro de granito cuya tapadera poesía forma de pájaro con cabeza humana: el ba. Al destaparlo emanó de su interior una intensa fragancia. Se trataba del óleo especiado usado para ungir al consorte de la diosa. Sin portar en su piel dicho aceite nadie podía optar a formar parte de su sagrado séquito.

Este año se me había elegido a mí para tal honor.

Narmer me despojó de la faldilla, la única ropa que vestía, y procedió a ungirme con movimientos lentos y firmes. El sacerdote masajeaba con experiencia. Sus manos acariciaron mi cuero cabelludo apropiadamente rasurado; prosiguió con mi cuello, donde sus dedos encontraron músculos anudados por la tensión, músculos que relajó tras unos pocos pases de sus dedos. Del cuello descendió al torso, espalda y brazos, dejándolos resplandecientes y maravillosamente perfumados. Continuó con el bajo vientre. A la hora de masajear mi pene y mis testículos su trato se volvía en extremo delicado y respetuoso, más caricia que masaje. Las manos actuaban con suma delicadeza, pero con más insistencia que en el resto del cuerpo: repasó la zona como deseando aplicar una capa extra de grasa. De ahí pasó a las piernas y los pies, con los que la ceremonia concluyó.

El aceite empezó a actuar: relajante y cálido en las manos del sacerdote, ayudó a que mis preocupaciones y miedos se alejaran.

Narmer guardó el tarro de nuevo en el baúl, del que sacó un pectoral y dos pulseras. El pectoral destacaba por su magnífica realización, y a la luz de las antorchas relució como el propio sol el oro de sus planchas. Éstas, labradas con escenas de la diosa y ribeteadas de fórmulas de poder, estaban unidas entre sí con engarces de ópalo blanco. El oro primaba en la mitad superior del pectoral, mientras que la inferior se trataba de una especie de cortina de flecos sueltos, con el blanco y el dorado alternándose. Las pulseras constaban de eslabones de ópalo blanco, decorados con filigranas doradas. Tras mostrarme las joyas por un instante, Narmer proseguía con el ritual:

-Para presentarse ante la diosa el elegido debe portar sus sagrados atributos.

-Y acudir con el corazón alegre, resplandeciente como el propio padre sol -contesté yo.

Agaché la cabeza y dejé que el sacerdote me colocara el pectoral. Me llegaba hasta más debajo de la cintura, apenas cubriéndome el sexo, y su peso me obligó a encorvarme. Me enderecé tratando de aparentar que no me pesaba. El gesto arrancó una sonrisa al sacerdote, satisfecho por mi hombría. Presto, extendí los brazos. Narmer, en silencio y con calculada parsimonia, me colocó las pulseras.

-Ya estás listo -dijo Narmer. El masaje proseguía con su efecto calmante: me notaba adormecido, casi blando. Pero al tiempo sentía como se empezaba a incendiar algo en lo más profundo de mi ser.

-Estoy listo para acompañar a la diosa, mi señor.

-La diosa te espera, hijo. Complácela y ella se apiadará de todos nosotros, bendiciéndonos con otro año de abundancia y paz.

-Que así sea.

-Que así sea -repetí lleno de ilusión.

Narmer tomó la pequeña caja que había junto al cuenco vacío. En su interior había yesta y pedernal, con los que prendió la tea. La llama iluminó el rostro del sacerdote reforzando sus rasgos. Los pómulos se remarcaron altos y afilados. Los ojos, diminutos y perdidos en lo profundo de las cuencas maquilladas de negro, apenas parecían frías y moribundas ascuas.

A una orden suya los dos acólitos que aguardaban al fondo del templo abrieron las grandes puertas de oro y ópalo. Tras ello saludaron con una inclinación de cabeza y se retiraron. Al otro lado de las puertas había un pasillo oscuro, un sendero vedado a los simples mortales y que llevaba a las estancias de la diosa.

-Ve, hijo mío, y cumple tu misión -dijo Narmer tendiéndome la tea. Agarré la madera con fuerza, temeroso de que se me cayera, y avancé hacia la entrada del pasadizo. Notaba la mirada de Narmer clavada en mi nuca. Del interior en tinieblas brotaba un aire frío. Cargada de hedores de moho y abandono, aquella brisa evocaba olvido y soledad que poder y bondad. Apestaba a encierro, a tumba. No correspondía con lo que esperaba de nuestra señora, pero Narmer sabía lo que hacía. Reprimí un escalofrío y me adentré en la oscuridad. El sumo sacerdote de mí eso de mí, y eso le daría. Decisión, determinación.

Al contrario del adobe en el que estaba edificado el templo, las paredes del pasadizo eran de bloques de granito pulimentado, carentes de decoración alguna. Los cristales de cuarzo que formaban parte de la roca resplandecían como diminutas estrellas a la luz de la antorcha. En el suelo se alargaba mi sombra, proyectada por la luz del templo. No estaba sola: la acompañaba otra figura. Narmer se había asomado a la boca del pasadizo y me observaba avanzar. No podía girarme, no podía saludarle. Sólo me debía a la diosa, brindarla compañía en aquella su noche. Ella me esperaba. Por algo yo era el elegido.

Aceleré el paso, ansioso de encontrarme ante ella.

A los pocos codos el pasadizo torcía a la derecha. La sombra de Narmer ya quedaba atrás. ¿Seguiría en la puerta, observándome? No notaba su mirada. ¿Añoraba su presencia, su fortaleza, su seguridad? Sí, lo tuve que admitir. Había sido durante tres años mi mentor, mi maestro. Estricto y severo a veces, otras cariñoso y paternal. Pero siempre recto, seguro. En su compañía nunca sentí miedo. El miedo. Ese demonio había atenazado mi alma al inicio de la ceremonia. Sí, se me había bendecido al ungirme como consorte de la diosa, pero… tras el recodo, donde no habría más luz que la de mi antorcha, quedaría solo. Adiós a mi infancia, a mis amigos, a mi maestro. Adiós a todo lo que conocía. Al otro lado del recodo me aguardaba la diosa. Con ella la gloria, la divinidad.

Arrojé de mi corazón todo rastro de miedo, me despedí del mundo del hombre y doblé el recodo.

El pasillo seguía y seguía sin aparente final. No sé cuanto tiempo lo estuve recorriendo. El túnel jamás se bifurcaba, pero con relativa frecuencia se retorcía sobre sí mismo, como si de una serpiente se tratara. ¿Estaría adentrándome en las entrañas de la horrible serpiente que acosa noche tras noche a Ra? El camino sufría una pendiente continua, siempre descendente: me estaba adentrando en el inframundo, en las entrañas de la tierra. ¿Me había adentrado en el Duat? ¿Qué peligros me aguardaban en esta travesía? Recordé la figura del ba. Me habían ungido con espíritu. Precisamente eso buscaban los demonios del Duat, almas que alejar del camino llevándolas a la oscuridad. Pero no sentía miedo alguno: me habían bendecido y en mis entrañas ardía el fuego de la leche de la diosa. Su llama recorría como sangre todo mi cuerpo. Recordé las palabras de Narmer: quizá sintiera nauseas. El fuego del estómago se había avivado, creciendo y propagándose por todo mi cuerpo, pero no había notado malestar alguno. Al contrario, me sentía eufórico, imbuido de poder sagrado. Incluso mi visión había mejorado: las paredes parecían desprender destellos apagados, y en el aire vislumbraba formas nebulosas, los espíritus de mis antecesores, guiándome hacia me destino glorioso. Mi olfato se había agudizado también: percibía nuevos aromas, insinuantes y delicados. La primera impresión al abrirse las puertas había sido repulsiva, casi asfixiante. Sin embargo, lo que en un principio creí que se trataba del hedor a antiguo ahora me llegaba cargado de un curioso rastro de almizcle. El olor parecía potenciarse en las esquinas, como si alguna bestia desconocida hubiera orinado en cada giro.

Azuzado por los brillantes colores -caleidoscópicos, dementes, deliciosos- que surgían de las paredes, apresuré el paso hasta el punto de encontrarme corriendo, adentrándome en el seno del templo. Penetrándole.

La palabra se afianzó en mi mente cargada de significado. Fluyeron imágenes de cuerpos fundidos: hombres con mujeres, mujeres con mujeres, hombres con hombres, humanos con animales. Humanos con… otros seres. ¿Dioses?

Mi corazón bombeaba fuego. Me sentía como el mismo hijo de Ra. Aparté de inmediato de mi cabeza ese pensamiento blasfemo. Sólo hay un hijo de Ra, y ese es nuestro señor, el nesut.

Pero el calor en mi interior se avivaba. Seguía viendo cómo los cuerpos se movían, retozando, gimiendo, aullando, jadeando. De dolor o de placer, sólo Usir el justo lo sabría.

De repente el pasillo se amplió. Me detuve. El pasadizo desembocaba en una sala amplia. La luz de la antorcha no llegaba a las paredes opuestas. A mi derecha, colgado del muro, apoyada de una argolla, aguardaba una tea apagada. Acerqué la mía y la prendí. Unos codos más allá distinguí otra argolla, otra tea. Repetí la operación numerosas veces, hasta que me encontré regresando al punto inicial, a la boca del pasillo. La sala tenía forma circular, de unos cincuenta codos de diámetro, con paredes de una roca oscura y mate. Basalto. Estaba pulido de tal manera que más que reflejar la luz la absorbía. Sobre el centro de la sala había una indescriptible lámpara, una rosa del desierto de cristal multicolor, una aglomeración de diamantes y gemas colosales. La luz de las antorchas entraba en esos cristales descomunales, dignos del tesoro del mismísimo nesut, refractándose de unas gemas a otras. Por algún extraño efecto la luz acababa formando de cono perfectamente perfilado hacia abajo, hacia el altar. Éste resplandecía en dorado y blanco, oro con incrustaciones de ópalo.

Pero yo sólo tenía ojos para aquella cosa tendida sobre el ara. ¿Cómo describirla?

Al contemplar aquel ser el fuego en mis entrañas pareció retorcerse. Una punzada de temor se clavó mi alma.

Con la antorcha a modo de arma defensiva me aproximé al altar. Al acercarme me cercioré de que había en torno a él una serie de salientes rectangulares, semejantes a escalones. Con ellos más que de un altar parecía una especie de tarima.

¿Qué sentido tenía todo esto? No lo comprendía.

Estudié la criatura: superaba con facilidad la altura a dos hombres, aunque su extrema delgadez que le daba una apariencia liviana, endeble. No pude dejar de notar el olor que emanaba, idéntico al que impregnaba las esquinas del pasadizo, pero mucho más intenso.

Di una vuelta a su alrededor para observarla mejor, manteniendo la tea entre nosotros. Toda su piel tenía el aspecto de cuero antiguo y polvoriento. Una vez, de pequeño, mi padre descubrió el cadáver de un hombre sepultado bajo las arenas del desierto. La piel de este ser se asemejaba algo a la de aquel desgraciado. Pero, como rasgo distintivo, esta piel no estaba cuarteada ni desgarrada. De hecho no mostraba la menor fractura. La cabeza de la criatura distaba mucho de parecer humana, dominada por unas excrecencias corneas y dentudas que forzando la imaginación recordaban un pico. Esas fauces, desencajas y afiladas, parecían abrirse profiriendo en un gemido silencioso. Para mi intranquilidad no aprecié rastro alguno de ojos, sino dos finas ranuras, dos orificios oscuros y pestilentes. Las dos extremidades superiores no eran menos extrañas. En ellas la piel se extendía, colgante, como si de dos telones se tratara. Enormes y amplias, de aspecto quitinoso y con tres articulaciones, se extendían para acabar en dos manos de dedos alargados y afilados. Giré un poco más, contemplando sus piernas y aquello en lo que éstas terminaban, algo que no podría describirse ni como pie, ni como garra, ni como pezuña.

Entonces lo vi.

Entre las piernas: un enorme orificio, una amplia boca de oscuridad delimitada por una especie de labios resecos. Lleno de curiosidad me acerqué hasta la tarima. Esa cavidad me fascinaba.

Coloqué un pie sobre el primer escalón y un escalofrío de placer recorrió todo mi cuerpo. La antorcha se me cayó de las manos. Sorprendido descubrí que tenía el pene erecto. Sin querer el glande había rozado el pectoral, provocándome con ello un latigazo de placer. Aquella sensación me resultaba completamente nueva. Toqué el extremo hinchado sin comprender lo que sucedía. El gesto me hizo temblar de nuevo. Las fuerzas me flaquearon y caí sobre el altar, entre las piernas de aquella criatura. Notaba el pene a punto de estallar.

Y de improviso sucedió precisamente eso. Temblores, convulsiones, una sensación urgente de bombeo, todo ello acompañado de punzadas de placer indescriptible. Mi pene explotaba. El bombeo se hizo más intenso y contemplé con sorpresa cómo un líquido blanco y denso saltaba de mi miembro. Una vez, dos veces. Tres. No tenía palabras para ese éxtasis. Reducido a una condición casi animal, sólo podía emitir gemidos apagados.

Aquello se prolongó durante unos instantes que se me hicieron eternos -y hubiera deseado que realmente fueran eternos-. Pero concluyeron. Las energías cedieron y caí sobre el altar exhausto. Allí quedé, tendido entre las piernas inhumanas, bañado por la luz de miles de joyas, con la respiración acelerada y con la mente rememorando el sorprendente placer que me había poseído sólo unos instantes antes.

Al fin pude levantarme de nuevo. Busqué el lugar donde habían caído los chorros de líquido blancuzco. Para mi horror comprobé que algunos lo habían hecho sobre la piel de la criatura; uno justo en los labios del borde del orificio de la criatura. Y goteaba dentro del mismo.

El fuego en mi interior, azogue ardiente, había derivado en una sensación de apremio, de urgencia, de necesidad. ¿Necesidad de qué? No lo dudé un instante: estaba ante mí. La diosa estaba sola. La diosa necesitaba compañía. Amor.

La diosa no debe estar sola.

Con sumo cuidado me acerqué al cuerpo de la diosa. Mi pene aún erecto se balanceaba como un sabueso olfateando su presa, dispuesto y ansioso. Acaricié la piel de la diosa, seca y áspera, fría y antigua. Mis dedos se deslizaron allí donde había caído mi fluido. El líquido había sido absorbido, y esa zona parecía más tersa. Más receptiva a mis caricias. Recordé las manos de Narmer sobre mi piel al ungirme. Su óleo me había dado fuerzas. El óleo y la leche de la diosa. Me habían llenado de… vida. Con mi placer la diosa había recibido mi esencia, su piel la había absorbido volviéndose más ¿viva?

Mi diosa.

Me tendí sobre ella. Mi pene acarició su piel, pero reprimí el impulso. Supe aguantar, resistir la tentación del placer. Esperé. Me adentré. Mi miembro resultaba pequeño en comparación con aquel orificio. Sentí cómo mi glande topaba con algo en el interior, algo que hacía de tope.

Allí, sí, dentro de mi diosa. Todo para ti, mi señora.

No pude soportar más la tensión y de nuevo bombeé, vertiendo toda mi esencia dentro de la diosa. Me retorcí de placer. Agarré el cuerpo, me aferré a su piel dura y seca. Noté cómo una leve vibración recorría ese cuerpo muerto. Aquello contra lo que golpeaba mi glande se movió, se abrió. Me lo imaginé como una flor, desplegando sus pétalos. Yo interpretaría el papel de abeja. La flor abrazó mi miembro, sedienta de lo que le pudiera dar.

Bombeé otra vez. Ella succionó.

Regresaron a mi mente aquellas imágenes: hombres con hombres, sin distinción de sexos. Hombres con animales. Y hombres con dioses. Allí me vi, enlazado con mi diosa.

La diosa no debe estar sola. Recordé el cántico de la gente. Ellos no sabrían de verdad cuan sola estaba. Aquí, bajo la montaña, sepultada en su catacumba, rodeada de fría roca, lejos del padre sol.

Pero mientras pudiera la acompañaría. Nunca más que te dejaré sola, mi amada Nejbet. Mi temida Nejbet.

Yo le daba mi esencia; ella la tomaba. Mi diosa es una amante sedienta.

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La ciudad posee una belleza legendaria, al punto de recibir el calificativo de ‘La gloria del pantano’. Avenidas amplias, parques paradisíacos, edificios monumentales y torres altísimas: todo en ella resplandece, haciendo que el murmullo de agrado y sorpresa sea la expresión predominante entre los recién llegados, los innumerables peregrinos que llegan atraídos por su fama.

En el centro, presidiendo la plaza mayor de adoquines de jade veteados de oro, se alza el Altar del Sol. La estilizada aguja, de base basáltica sobrecargada de bajorrelieves que narran la fundación de la ciudad, se eleva sin un final aparente. A medida que lo hace el granito se va veteando de más y más formas cristalinas, hasta culminar más allá de las nubes en un templo de cristal de roca. Retorciéndose en su interior, desde la base hasta la cúspide, una inacabable escalera de caracol lleva al santuario, a través de cuyas paredes cristalinas resplandecer un fuego eterno. La llama, vigilada y alimentada por sacerdotes eunucos de mirada hierática, nunca puede extinguirse. La maldición aparece grabada en una lápida de basalto rosa en la base de la llama. Los dioses de la cuidad, milenios atrás, lo anunciaron: ‘Mientras arda esta llama gozareis de nuestra protección y prosperidad; si ese fuego se apagara maldeciremos al culpable y contra la ciudad no habrá piedad’.

Durante siglos y siglos el faro de los dioses ha brillado, día y noche, sobre la gloria del pantano. Esa estrella significa para los habitantes de la ciudad, y para sus peregrinos, una promesa de abundancia y prosperidad.

Pero no para nosotros, sus vecinos más cercanos. Para nosotros no hay prosperidad, ni protección, ni maravilla alguna con la que solazarnos. Habitamos el pantano, bajo la superficie legamosa, encadenados por nuestra fisonomía a surcar la oscuridad de la turba y el légamo. Por no poder, ni siquiera se nos permite asomarnos a atisbar esa belleza tan cercana.

Aun así sabemos lo que hay sobre nosotros. A lo largo del tiempo han llovido a nuestro reino de húmeda oscuridad elogios de esa ciudad. Con ellos, durante milenios, se ha fraguado en nuestras mentes una llama propia: la de la curiosidad y la frustración.

El consejo ha tomado una decisión; nuestras mentes se han fusionado con la diosa, nuestra solitaria deidad de las profundidades. Ella, en su infinita sabiduría, nos ha dado vía libre para actuar, y su apoyo explícito. La cuidad al fin será nuestra. Como ella bien nos ha dicho, nos pertenece por derecho: la ciudad está rodeada de nuestro reino, el pantano; sus cimientos se adentran en nuestras zonas de caza; sin la paz que nuestro reino les ha dado sus habitantes no podrían disfrutar de su ciudad.

Nosotros tenemos derecho a contemplarla. Nosotros vamos a contemplarla. A poseerla.

La espera ha terminado, la llama de nuestra frustración debe extinguirse. Así hoy, con la bendición y la ayuda de la diosa, hemos empezado a socavar sus cimientos. Toda ella quedará sumergida en nuestro reino de oscuridad. La diosa se siente ansiosa de que eso ocurra. Ansiosa de comprobar cuán poderosos son los dioses de la superficie. Ansiosa de tener compañía.

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El abandono

mayo 26, 2008 | 1 Comment

Harto, desesperado y rabioso, me abalancé contra las estanterías. En ellas reposaba, o más bien yacía, toda mi obra. Décadas de manuscritos encuadernados en preciosos volúmenes, cuidados como si se tratara de mis hijos. De hecho, podría decir que en realidad eran mis hijos. Esa casi infinita colección de palabras describía todo cuanto me rodeaba, mis pensamientos, incluso mi propia esencia. Mi realidad, mi existencia y la de todos aquellos que me rodeaban.

Mis recuerdos.

Pero, ¿de verdad me pertenecían? No, por desgracia ya sabía no. Un año atrás hubiera jurado que era su propietario. Un año atrás. Hoy hacían trescientos sesenta y cinco días desde que me abandonó mi musa, confinándome en los muros de mi mansión. Con su fuga toda mi potencia creativa se extinguió. Toda menos esa patética realidad que jornada tras jornada anotaba en forma de diario.

A excepción de ese libro, todos los demás ya no me pertenecían. Sí, la letra que garrapateaba en sus páginas encajaba con mi caligrafía, pero la esencia que había dictado esos textos ya no permanecía conmigo. Estaba lejos, muy lejos.

Estos doce meses he habían convertido en un eterno vía crucis: cada mañana me levantaba y acudía a contemplar la colección. Me engañaba pensando que quizá así regresaría ella. Iluso.

Hoy el reloj de arena de mi paciencia se agotó. Con la caída del último grano mi esperanza voló, quizá siguiendo por el mismo camino de la musa.

Así que al fin reaccioné. Agarré un volumen. Luego otro, y otro. Ciego de ira, llevado por la desesperación, los lancé a la lumbre de la chimenea. Mis manos corrían rápido de unos a otros. Trataba de no fijarme en cuales destruía. Pero mis ojos anegados de lágrimas, quizá conservando un trazo de esperanza tras ellas, no podían evitar posarse en algunas de las tapas. Estaban adornadas con arabescos dorados, decoradas con alegorías que hacían referencia a lo que narraban las páginas que contenían. Pero todas, junto a su contenido, acababan siendo pasto de las llamas.

Toda mi vida, mi existencia, mi realidad, estaba en esas páginas.

Diletante, me llamaban algunos. No comprendían que me había volcado en una tarea descomunal, inacabable: plasmar en palabras la esencia de la vida, la naturaleza más profunda y escondida de la realidad. Convertirme en el escriba de Dios, y atrapar con mis palabras toda su Creación.

Publícalo, que al menos alguien vea que haces algo, me espetaban. No. Mi obra no se limitaba a representar la realidad: al cabo de los años se había convertido en mi propia realidad. La musa me había dado todas esas palabras, convirtiendo al conjunto en un crisol de poder. Sabía que si mostraba mi obra a los demás ese poder se pervertiría, quizá afectando a la propia esencia del mundo. La realidad podría cambiar, mutar a algo… diferente. No podía decir qué. Ni siquiera la musa me daba un atisbo de qué sucedería en ese caso, pero su voz escondía a duras penas una huella de terror.

Así que continué con mi labor, invierno tras invierno, esperando que algún día llegara la primavera de mi creación. El fruto sería mi obra acabada, preparada para ser enseñada al mundo. La musa me llevaba de su mano por el sendero de palabras; yo observaba, ella me dictaba, yo escribía… Era feliz, y creía que ella también.

Por el rabillo del ojo pude ver que el fuego de la chimenea parecía asfixiarse: los volúmenes, lanzados a las bravas sobre las llamas, las sofocaban. Opté por cambiar de estrategia y lanzar los volúmenes encima de la mesa. Cuando hubo sobre ella una buena cantidad abandoné las estanterías. Uno a uno los iba abriendo y desagarraba sus tripas: hojas de caligrafía diminuta y apretada. Sin parar a leerlas, lanzaba las hojas a la chimenea, donde arderían sin problema alguno.

Con qué facilidad mis palabras avivaban el fuego. Palabras que ya no fluían a mi mente, y mucho menos de mi pluma al papel.

Ella se había ido.

Lo hizo de repente, sin previo aviso. Una mañana me desperté y con un vacío en mi corazón sentí que había partido. Estaba sólo, abandonado.

Desde aquel día en adelante mi vida carecía de sentido. El levantarse cada amanecer y contemplar el paisaje a través del ventanal de mi dormitorio carecía de magia alguna. Sí, se trataba del mismo paisaje que contemplara desde mi infancia, pero ya no estaba ella.

La campiña verde, dividida en dos por el camino que llegaba a la mansión, rodeaba las inmediaciones de la mansión. En un lateral de la carretera mi abuelo había mandado construir un laberinto de arbusto: desde que tengo memoria disfrutaba con los cambios de color que sus circunvoluciones sufrían con el devenir de las estaciones.

El anillo de prados estaba rodeado por densos bosques de hoja perenne. La única parte donde no había bosque era la zona pantanosa, justo ante mi ventanal. A unos pocos kilómetros pantano adentro se encontraba la antigua ciudad, desde hace siglos en ruinas. Nunca la había visitado, pero uniendo lo que mi padre me contara de crío, los diversos grabados que había en su despacho y mis inspecciones con el catalejo, ya casi la consideraba una extensión más de la mansión, abandonada pero siempre presente.

Alejando un poco más la mirada, tras el pantano, al otro lado de la ciudad abandonada y de los bosques, se elevaban las montañas que confinaban el valle. Esas cumbres servían como barrera entre mi mundo y ese monstruo llamado civilización, una criatura de la que prefería mantenerme lo más aislado posible.

Sabía que aquel paisaje en cualquier momento hubiera inspirado a poetas y escritores, pero a mí sólo me daba dolor: antes escribía, creaba con su sola contemplación. Antes.

Pero ya no.

Mis despertares, antes acompañados de un torrente de palabras inundando mi mente, ahora estaban sumidos en silencio. Ese silencio prosiguió. Días. Semanas. Meses. Esta mañana hizo un año de ese abandono letal. Han transcurrido cuatro estaciones, y mi alma sigue sumida en un horrible e interminable invierno. Hasta que ya no he podido aguantar más. Caminé hacia la biblioteca y encendí la gran chimenea que preside una pared. Al cabo de un rato el fuego chisporroteaba danzarín calentando la habitación.

Entonces empezó la destrucción.

Contemplé el hogar: casi no queda nada de aquellos tomos que se resistieron a arder; de las páginas sólo quedaban cenizas anónimas. Mi creación, desaparecida por mi propia mano, reducida a la nada. Extrañamente no sentía remordimiento alguno; muy al contrario, en mi interior bullía una furia que parecía alimentada por el propio fuego.

Tomé otro volumen, desgarré las páginas y cebé el fuego, que murmuró satisfecho pero ansioso de más. Las estanterías de la biblioteca aún estaban bastante llenas. Seguí cogiendo libros, destripando sus entrañas y lanzándolas a las llamas.

El tiempo pasó y los volúmenes se consumían en el hogar. El sol se alzó, empezó a declinar. Yo continuaba alimentando la pira. En un momento dado las estanterías empezaron a gemir de placer, liberadas de improviso de su carga.

Yo reía con una risa impregnada de demencia, de lujuria. Destruía los volúmenes, uno tras otro y de manera exhaustiva. Aquello, ahora lo comprendía, me satisfacía más que el haberlos llenado de historias. La aniquilación como único objetivo, como sentido de la existencia.

No comí; y tampoco sentí hambre: la anulación de la obra mi vida parecía saciarme.

Ya sólo quedaban dos libros. Uno de ellos, con el cuero de las tapas ya cuarteado por el tiempo y las letras de lomo desgastadas, se trataba del primero que mi pluma acabó: la primera e inocente descripción del paisaje que rodeaba mi mansión. El otro, aun incompleto, consistía en una especie de autobiografía, que en los últimos meses había adoptado la forma de patético diario.

Tomé entre mis manos mi infancia y sin pensármelo dos veces la destripé, arrojando sus entrañas al resplandor de la purificación. Tras hacerlo la biblioteca quedó sumergida en una extraña luz crepuscular, difusa y pálida. Sorprendido me acerqué a la ventana y descorrí las cortinas para ver… nada. No había absolutamente nada más allá de la mansión. Sólo una infinita e indescriptible blancura carente de matiz alguno.

¿Qué había sucedido? Con cierta aprensión, pero al mismo tiempo lleno de curiosidad, abrí la ventana y miré hacia abajo, hacia la base del edificio. Los cimientos se mezclaban con la sustancia lechosa para acabar disipándose en esa nada. En efecto, todo indicaba que, de alguna manera, estaba rodeado de esa… nada.

Todavía sostenía en mis manos ese primer volumen. Le estudié desconcertado. Unas pocas páginas habían quedado prendidas al lomo. Las leí: casualmente describían algunas de las estancias de la mansión. Mi cuarto, la sala de trofeos, los calabozos, la biblioteca…

Sin saber muy bien porqué tomé unas pocas (hablaban de la sala de trofeos) y la lancé al fuego. Una leve convulsión recorrió el suelo y las paredes de la biblioteca, acompañada por un sonido grave y apagado similar al que haría una casa al tratar de asentarse sobre sus cimientos. Seguí con la hoja de los calabozos. Hubo un nuevo temblor, un poco más intenso. Examiné las paredes buscando grietas, desprendimientos de escayola, algún indicio que me inquietara. Nada. Sólo el blando sonido, ahora estaba seguro de que de eso se trataba, de la realidad remodelándose.

Arranqué todas las hojas, menos las que describían la biblioteca, y las lancé a las llamas. Sucedió lo mismo. Un suave temblor, un murmullo apagado y aquella sensación de laxitud.

El fuego devoraba mi creación, mi obra. Y con ella el universo, la realidad misma. ¿Qué pasaba?

Con un nuevo impulso tomé la estilográfica que siempre llevaba encima y garrapateé en un margen lo siguiente:

«Tres soles desgarraban el cielo de oscuro terciopelo negro. El mayor de ellos, un moribundo coloso de tono rojizo intenso, agonizaba convertido en el centro del baile. El menor del trío, enano y de feroz resplandor azulado, lanzaba hacia su hermano mayor un tentáculo de refulgente materia. Alejado un poco de la pareja, esquivando el lazo mortal, bailaba sobre el cielo el tercer astro, blancuzco y de tamaño intermedio.»

Al instante un resplandor indescriptible inundó la biblioteca. Me acerqué a la ventana, seguro de lo que me iba a encontrar. En efecto, allí estaban los tres danzarines. Leí de nuevo las palabras que acababa de escribir. ¿Había regresado mi musa? Las repasé una y otra vez hasta por fin dar un veredicto: no, no había vuelto. El pasaje era vulgar, leído decenas de veces en libros de otros autores. No tenía esa magia que mi musa me daba. Con ella, con su voz guiando mi pluma, de alguna manera había creado el mundo. Pero de ese mundo sólo quedaba el cuarto en el que me encontraba, todo lo demás destruido por el fuego. ¿Qué quedaba? Un libro entero y luego nada más que una miserable descripción.

Mi musa, ¿dónde estaba mi musa? Busqué en mi interior, escarbé en mi corazón, recorrí los laberintos de mi mente. Nada. Estaba solo, seguía solo.

Contemplé mi autobiografía, mi diario. Mi esencia, mi realidad, mi existencia. Mi alma, mi espíritu. Yo estaba almacenado en esas páginas.

Pero no ella. Me rehuía, incluso en aquel momento.

Sin pensarlo arrojé el libro de mi vida a las llamas

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